Crónicas de Eratóstenes

Un Final Muy Conocido

Hasta los oídos del buen Eratóstenes había llegado la noticia. Arquímedes había muerto. No había mucho que decir o hacer. El buen Eratóstenes se retiró a un lugar solitario apartado del bullicio y para honrar la memoria de su amigo se puso a hacer algunos apuntes sobre las pláticas que habían sostenido y que tanto disfrutó. Mientras esto hacía, se le agolpaban en la mente tantas vivencias, discusiones, travesuras, etc. que no sabía por dónde empezar. Por fin, después de mucho tiempo, no sólo empezó y terminó de escribir un tratado con las ideas más brillantes que había concebido su amigo Arquímedes, había hecho una obra maestra, una oda al conocimiento y la sabiduría, un canto de hermandad con la ciencia y la humanidad, describió las bases de la civilización en términos matemáticos. Estaba satisfecho con su obra. No obstante, al amanecer, sentía que algo faltaba. Sentado en la ventana de su recinto, observaba las aves cómo iban despertando una a una, cómo sacudían sus alitas y empezaban su arduo día de labores. Las flores se abrían al recibir los rayos del sol y en sus pétalos dibujaban una invitación a la vida acompañada de mil aromas. – ¡Sólo falta un buen final! – Exclamó el buen Eratóstenes, tomó el buen Eratóstenes lo que acababa de escribir, y sin pensarlo dos veces, al fuego lo arrojó. – ¡Ése es un gran final! Justo como lo hace el presidente municipal con los buenos proyectos.